Ya he escrito sobre este tema antes, pero hoy después de vivir la jornada de protesta estudiantil en las calles de Medellín, tengo que decir que queda mucho por reflexionar sobre la manera de protestar y sobre cómo queremos ser vistos y escuchados.
Inadmisible. Esa es la palabra que debería usar el conglomerado estudiantil o juvenil para referirse a la violencia viniere de donde viniere. Desafortunadamente no es así. Es increíble que se levante la voz, los puños y las masas para rechazar la sola presencia de las fuerzas del Estado en las marchas; pero que a su vez, no se diga nada o cuando mucho unos cuantos quejidos, frente a los encapuchados que con cobardía y carentes de todo argumento violentan los bienes públicos. Las protestas no tienen ningún sentido si se rayan paredes, se ensucian fachadas, se agreden personas y se provocan reacciones violentas.
No se puede permitir la presencia de ningún actor violento o armado en una manifestación pública. La protesta es realmente grande cuando se rechaza toda fuerza oscura, cuando no se permiten agresiones, cuando se expulsa al policía y al encapuchado por igual: con la misma fuerza, con el mismo tono, con la misma vehemencia, con la misma voz. En pocas palabras: hijueputas los dos!!!
Creatividad, música, danza, teatro, baile, argumentos, propuestas, liderazgo. Ese debe ser el contenido de una protesta pública. Aprovechar los espacios públicos para volverlos escenarios de discusión y no violentarlos y convertirlos en campos de batalla. Bogotá hoy tuvo muchos de esos elementos y de no ser por los actos violentos que se presentaron luego de disuelta la manifestación, habría sido ejemplar, perfecta, histórica.
No estoy de ninguna manera acusando o señalando a los estudiantes o a cualquier colectividad de complicidad o connivencia con aquellos que se esconden para sabotear. Solo hago un llamado a que no admitamos ninguna forma de agravio en los ambientes académicos. Lo que pasó en Cali por ejemplo es totalmente repudiable y debe ser un motivo más para expulsar a todo actor violento de los escenarios de protesta. Un solo herido ya es descabellado; un muerto venga de donde venga, solo es la prueba de que la violencia debe ser erradicada, expulsada, rechazada con firmeza.
Por otra parte, los estudiantes necesitan representantes serios, preparados, documentados, que sepan transmitir la voz de las quejas ante la sociedad y sobretodo que rechacen vehementemente cualquier tipo de violencia. Siento que desafortunadamente el representante de los estudiantes de la Universidad Nacional de Bogotá, Jairo Rivera, no cumple con esas condiciones. Lo cito a él porque últimamente su voz ha sido destacada en las redes sociales y en varios medios de comunicación. Esta noche, le cuestionaban en “Pregunta Yamid” por los destrozos y desastres en Bogotá y se quedaba callado o evadía la pregunta con respuestas vagas. Pero bueno, cuando se le preguntaba por los temas gruesos, no transmitía ser un sujeto argumentado en el tema, y tristemente esa es la imagen que transmiten los estudiantes al protestar, en este caso específico, por la reforma a la Ley 30. O si no díganme: ¿Cuantos han leído o releído la reforma al día de hoy?
Es evidente que las marchas sí se infiltran, nadie lo puede negar, y es culpa de los estudiantes y participantes no rechazar esa presencia. Odio la represión del Estado pero odio por igual a los encapuchados y su violencia absurda y desmedida. Jairo debió rechazar con el mismo ahínco ambas formas de violencia y no lo hizo. Eso señores es tener huevo, yo participé de la marcha y toca reconocer que no toda la violencia la genera la policía.
Repito no se trata de sectarizar más el asunto, todo lo contrario, se trata de poner las cartas sobre la mesa y de darle a cada quién lo que le corresponde: Aplausos para el que acierte y rechazo para el que agreda. La violencia no tiene color, partido, ideología o edad; no distingue entre pobre y rico, entre policías y civiles. La violencia solo deja dolor, pobreza, miseria. La violencia nos deja con el vacío de estudiantes que podrían haber sido brillantes profesionales y nos quita policías que muchas veces nos defienden con honor. Por cada policía cerdo en la ciudad, hay tres resguardando muchas veces pueblos y campos.
La protesta no se puede volver una diatriba absurda entre policías y estudiantes, no puede ser un concurso de insultos entre ambos para mirar quién es más pirobo, o malparido , no puede ser un escenario de agresión. NO! NO! Y MIL VECES NO!!! Si no dejamos el odio en casa y marchamos con argumentos, la protesta será vacía, insulsa, inútil.
No pretendo echar culpas de los desórdenes después de las marchas, solo intento hacer visible que esos desordenes no se presentarían hoy, si hubiéramos rechazado la violencia en el pasado y con la firmeza necesaria. Sólo imaginen un escenario dónde los estudiantes expulsen a policías y encapuchados por igual, donde se rechiflara al agente que provoca y al cobarde que raya las paredes con el mismo ánimo, donde se aplicara la vergüenza pública a cualquiera que intentara sabotear una manifestación social. Ante la sociedad quedaría claro lo que hoy es una verdad, oculta tras los puños de unos pocos: Serían ellos los malos y no los estudiantes, no habría forma de que los medios de comunicación mancharan la protesta con la sangre de los violentos, porque quedaría claro que los estudiantes no hacen ni harán parte de ese grupo. ¿Ya imaginamos? Ahora pensemos: Todo esto es lo que nos diferenciaría de las fuerzas represivas del Estado o paralelas a él y es los que nos haría grandes y dignos. En cambio sin el rechazo a los violentos en las marchas y en cualquier momento y lugar, quedamos a la par, terminamos siendo igualmente sucios y violentos. Triste eso!



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