El embellecedor

Valor el de aquellos que le ponen el pecho a las balas por defender a un amigo, esos que en la parranda se encargan de seducir a la doña menos agraciada, salvando de un incómodo suplicio a cualquier compadre pasado de tragos, brindando cariño a quien parece faltarle.


Situación A: Sumercé no sabe qué sucedió ni cómo escapar

Con besitos, arrumacos o faenas de catre, todos hemos sido contribuyentes o beneficiarios del embellecedor. Sea sumercé dama respetable o ilustre caballero, alguna vez tuvo que despertarse de la juerga con la sensación –o la evidencia– de haber tocado fondo estético con sus labios o haber recibido mucho más de lo que estima merecer cuando se ve al espejo.


Si es de los primeros, debe recordar la amarga experiencia después de los tequilas, cuando despertó en un rincón de la cama y al voltear encontró un bulto caliente tapado de pies a cabeza con las cobijas. Al tratar de huir no pudo controlar la torpeza de borracho, y pisando un gato o dando un rodillazo a la mesita de noche, alertó a su pareja de velada. El cuerpo tonificado con el que bailó apretao’ anoche, se convirtió entonces en un despojo de carne incomprensible, y la carita tierna con ojos como lagunas, en cara de ternero con ojos con lagañas.

Situación B: Su acompañante no sabe qué sucedió ni cómo escapar

Si es de los segundos, o sea de los de las lagañas, al escuchar el maullido de un gato o el “¡ay juep*ta!” después de un tropezón, tiró las cobijas a cualquier parte, giró su cabeza, le pareció estar soñando todavía y contempló la mirada más asqueada de la era cristiana, la cual, dedujo, se debía a un posible malestar por la resaca. El malestar es usted, amigo, y empeora al ofrecerse para llevar desayuno a la cama, al insistir en intercambiar números telefónicos y al soltar piropo tras piropo cada vez más meloso y rebuscado.


Ya coronó, deje así, dé gracias mentalmente al dios o ciencia de su predilección y retírese con una frase cordial, sin compromisos; eso sí, no olvide ponerse los pantalones y cerrar la boca, que está querida la vieja, ¡pa’ qué!, pero si sale a la calle con esa cara de güev*n, lo roban seguro. Se lo digo yo, que me han robado tres sábados y dos domingos regresando al rancho amanecido.

Y sumercé, primavera sin par (doña o don, aplique lo que le convenga), sonrisa de luna creciente, pedacito de atardecer, aguántese que perdió; admítalo con dignidad, deje de mirar con desdén que no resuelve nada, despídase con respeto y acepte la solicitud de Facebook de su galán de hace unas horas.


Tranquila que no le va a pedir que cambie el estado a “Está en una relación con…”, el tipo sólo quiere presumir su foto de perfil frente a la pandilla; se lo digo yo, que he presumido cinco fotos de perfil desde cinco celulares nuevos que he tenido que comprar, porque me han robado los otros en tres sábados y dos domingos regresando al rancho amanecido.


Aunque ¿quién quita?, a lo mejor conoció a su compañero para toda la vida en esa fiesta llena de percepciones confusas y malentendidos mentales, y resignada a la disparidad de apariencias, algún día protagonizará una escena similar a la siguiente:

Mamá, ¿es cierto que uno debe recordar a diario sus errores para no repetirlos?

Muy cierto, pequeño José Cuervo, muy cierto.


Box © ®

¿De verdad creyó que estaba en sus cinco sentidos aun viendo una vela, una tetera y un reloj c*gados de la risa?

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