El examen final


Era uno de esos fines de semana con puente incluido que agradecemos que caigan a fin de semestre, cuando estamos totalmente vueltos nada por la universidad (o cualquier sitio de educación), los ojos piden a gritos más horas de sueño, el cuerpo no ve la hora de descansar y la mente ni se diga.

Recuerdo que ese viernes al medio día caí como una piedra en la cama después de almorzar, me desconecté del mundo hasta el sábado como a las 8 de la mañana, cuando me levante con hambre y desorientado, pero bien dormido.

A eso de las 7 de la noche, me escribieron al Whatsapp invitándome a un asado en una finca, me demoré más respondiendo que pensándolo y me fui para allá el resto del fin de semana; buen licor, buena comida, en pocas palabras una excelente fiesta. Aproveché el lunes festivo para quitarme el guayabo que tenía y ver unas buenas películas.

Fue así como el martes llegué a la universidad, tranquilo, contento y sobre todo bien descansado; me acerqué a la cafetería y me encontré a dos compañeros que tenían unas caras largas, intenté animarlos pero ellos, con tan sólo una noticia, me contagiaron de su bajo estado de ánimo.

— Entonces muchachos ¿bien o no?—saludé.
—Bien, pero bien cansados—respondió mi amigo Luis.
— Hemos estudiado todo el fin de semana para el final de hoy, pero nada se nos queda—dijo Paula con una contagiosa cara de angustia.

“Claro, es Hoy ¿Cómo pudo habérseme olvidado?”, pensé.

Ese final valía el 70% y todo el salón le temía más que al procurador Ordóñez en la presidencia. Si mis compañeros que habían estudiado estaban mal para ese examen, yo estaba mucho peor.

— Ay no, a mí se me olvidó—dije totalmente desesperado.
— Pues mijo—dijo Paula—. Se jodió, ya no alcanza a estudiar.
— Ya sé—dije emocionado—. Hagamos paro, inventémonos alguna cosa y hagamos circular el rumor
— Que I-de-o-ta—habló Luis—. ¿No ve que esta universidad es privada? Más fácil hable con el traficante para que le ayude a solucionar eso.
— Oigan a este—le respondí—. Si sobrio no puedo con ese examen, mucho menos…
—No pendejo, el traficante de exámenes, un tipo en esta universidad que tiene todos los exámenes y el que no tiene se lo consigue.

Sin mucho ánimo fuimos los tres a buscar al tal traficante, que no era más que un muchacho vestido de negro que brindaba un servicio de fotocopias e impresiones en una mesita, esa era su fachada; pasamos unos cuando segundos mirando quién le hablaba, tímidos como unos primíparos, hasta que Paula rompió el silencio.

— Buenas, mi amigo necesita una copia—hizo una pausa—, una de las más costosas.
— Profesor y asignatura—respondió el traficante sin inmutarse.

Cuando le dimos toda la información posible al respecto, el hombre revisó en la pantalla de su computador portátil, al cabo de unos minutos de búsqueda infructuosa, se dio por vencido.

—Ese no lo tengo —habló por fin—. Es que ese profesor es relativamente nuevo, pero no se preocupen—prosiguió mostrando una tranquilidad contagiosa—, vamos por él.

Antes de darnos cuenta, nos involucramos en un plan para robar el examen de la oficina del profesor, el llamado traficante nos enseña su kit de robo, el cual consta de walkie talkies, llaves maestras y otros elementos.

El plan era sencillo, entrar a la oficina, tomar el examen y salir. Aprovechándose de mi necesidad, Luis y Paula optaron porque yo entraría, Luis y el traficante estarían vigilando y tendrían un walkie talkie por si algo sucedía, y Paula sería la distracción en el pasillo.

La oficina era pequeña y estaba bien ordenada, pero no encontraba el examen, revisé el escritorio, los cajones y archivadores y no lo encontraba; el desespero se apoderaba de mí, no sabía qué hacer.

— El Profe va para allá—dijo la voz de Luis por el radio—. Acabó de bajarse del carro.

Sentí cómo me sudaban las axilas y la frente, esta misión se había vuelto contrarreloj, contaba con pocos minutos para encontrar el examen y salir de ahí.

— ¿Cómo va? Paula está hablando con él—volvió a decir la voz de Luis.
— Es mejor que salga ya—secundó el traficante.

El profesor continuó su camino y yo aún no lograba mi objetivo; él estaba a pocos metros y entraría en cualquier momento.

La puerta se abrió, el profesor dio un paso y me saludó:

—Señor Martínez, que milagro que viene por acá.
—Hola profe—respondí.

Lo había logrado, había logrado salir por la ventana de la oficina, la cual cerré desde afuera, y al intentar escapar, me encontré con el profesor abriendo la puerta de su oficina, totalmente inocente de lo que yo había hecho apenas segundos antes.

El corazón me martillaba fuertemente, mientras el profesor me miraba.

— ¿Qué tiene ahí?—tomó un papel que tenía mis manos.
—Profe lo que pasa es que…—me interrumpió.
—Ustedes sólo piensan en rumba—dijo devolviéndome el folleto sobre la fiesta de fin de semestre que había cogido cuando salí de la oficina.
—No Profe, de hecho venía a preguntarle algo del examen, pero tranquilo que ya me acordé.

Antes de que respondiera, salí corriendo; cuando estaba fuera de su vista tomé mi celular y lo besé, ahí tenía las fotos del examen que presentaría en dos horas.

Le entregamos el examen al traficante quien, como pago por el favor, me regaló una copia reducida con las respuestas del examen, que pegué en la calculadora. Tardó pocos minutos en conseguirlas de sus archivos del portátil, “lo único difícil es saber qué van a preguntar” dijo al entregármelas.

Cuando entramos al salón, estaba perfectamente confiado de que sacaría un gran 5.0, Luis y Paula se me habían adelantado para buscar puesto en el salón, “posicionamiento estratégico” le decía Luis, yo estaba demasiado tranquilo, así que entré después, con el resto del grupo.

—Bueno—dijo el profesor—, acá les traía el examen.

Soltó las copias en su escritorio.

—Pero como estoy de buen ánimo—continuó con una sonrisa en su rostro—, les voy a tirar fácil; será oral, una sola pregunta. Señor Martínez—hablo mirándome fijamente—, comencemos con usted, pase al tablero.

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