El Mártir del Guayabo

Se vino Semana Santa y no avisó. Parece que fue ayer ese segundo día de enero cuando despertó sumercé en un potrero abullonado, arrepentido, sin un centavo, con la boca sabiéndole a ungüento irlandés y la cremallera reventada. Y ahora lo ataca un nuevo receso vacacional, quiere pensar que será diferente, que conservará la cordura penitente del recluido. Ambos sabemos que no es así, que la decadencia llama y el tumulto apremia, que es uno de los elegidos ancestrales, un Mártir del Guayabo.


El Soponcio de las Siete Palabras

Se embriagará en Semana Santa, está en las escrituras. El único recogimiento lo va a experimentar con la posición fetal en que lo sumirá el guayabo sagrado. Los ejercicios de reflexión no serán espirituales sino más bien estomacales: re-petidas flexion-es de abdomen sobre el inodoro vacacional, jurando por el santoral completo no volver a ingerir ese bebedizo infernal, padeciendo la devolución oral de la mojarritas doradas multiplicadas que tanto disfrutó embadurnar de limón en la última cena.


Me es moralmente imposible criticarlo. Según mi análisis, sumercé hace parte de un linaje antiquísimo que año tras año deja los intestinos, la dignidad y los recuerdos en la mentada porcelana, en la arena de la playa, en las marraneras de una finca, en la vecindad del sleeping o en el vestidor de una piscina. Todo comenzó en Oriente hace dos mil temporadas larguitas, con el mero mero, el jefe pluma blanca, el multiplicador de mojarras, el que se entregó en sacrificio para que los parroquianos del sur tuviéramos nuestro spring break: el mismísimo Mesías.


Con el debido respeto por sus convicciones, permítame explicarle con un ejemplo, entre muchas variantes existentes, cómo derivan en una juerga monumental contemporánea las últimas siete frases de nuestro salvador:

1. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Así comienza el calvario, interviniendo ante su papá para que no castigue a sus hermanos por haber llegado al desayuno dando tumbos y destilando guarapos exóticos. El patriarca accede a perdonar para no entorpecer el descanso de los días sacros, “…pero eso sí, el próximo año ni pu’el verraco nos quedamos en hotel con barra libre…”

2. “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.”

El hermano mayor, enternecido por su gesto solidario, decide que ya es momento de llevarlo a conocer los pormenores de las noches turísticas, donde abundan la guacherna, los vicios, la lujuria y la impunidad, en fin, lo que hace del mundo un lugar bello y acogedor. Whiskería El Paraíso”, se lee en el aviso de neón de la entrada al terruño prometido. Si su pariente se entera que hace rato mordisquea manzanas prohibidas en tugurios similares y sale como capataz recién pago, lo expulsará furibundo de ese edén particular.

Descansando en El Paraíso.

3. “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Hijo, ahí tienes a tu madre.”

Después de tres cuartos de hora de peticiones para que deje salir al benjamín con los grandes, el don hace lo que todo padre en sus cabales: mandarle el chicharrón a la esposa y lavarse las manos en plan Pilato: “…lo que diga su mamá…” Convencen a la señora con una hora y tres cuartos de suplicas, tratos de labores domésticas al volver a casa y promesas de boletines de calificaciones milagrosos, advirtiendo ella que “…me lo llegan a traer borracho y ahí sí me van a conocer…”

4. “¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”

La duda religiosa que abruma al beodo lo alcanzó. Desocupó sin piedad cada cáliz, no puede pronunciar las vocales, los párpados le pesan, el piso y las paredes lo esquivan y sus acompañantes se fueron a conocer los pozos de María y Magdalena, las dos buenas samaritanas que les dieron de beber, los consolaron y los arroparon. Es sumercé solo contra ese entorno despiadado que se burla, lo enferma y lo manosea, no valen rezos, no sirven plegarias. ¡Que tire la primera piedra el que no perdió la fe cuando lo despachó la sobriedad!

5. “Tengo sed.”

Los ojos se abren lentamente, la almohada es el andén, las luces difusas de la madrugada van tomando claridad señalando siluetas que se retuercen, unas con gozo, otras por amoríos, algunas por maluqueras similares a la suya; “¡Que seca tan hijuemadre!…” Con los últimos vestigios de vigor y equilibrio regresa a El Paraíso, aguanta con estoicismo la fila para el baño mixto, entra de sopetón y se sumerge en el oasis: el lavamanos es el diluvio, el agua bendita, la vida eterna, el final de la aridez. Dos bacterias de cada especie son depositadas en su arca digestiva por el líquido menos potable que ha pasado por labios humanos. Allí se reproducirán, prosperarán, y serán desterradas en la gran purga, cuarenta jornadas de lluvia marrón.

6. “Todo está consumado.”

“¡Mire donde anda este chino gü*vón y nosotros buscándolo!, ¿por qué no contestaba el celular?” El abrazo fraternal torpe que lo ayuda a levantarse de la banqueta se mezcla en el jadeo corporal con un rodillazo no intencionado en las costillas, que se siente como una lanza en el costado. Tirado en la cama del hospedaje el techo parece licuarse con la oscuridad, la siesta se filtra a través de la nausea, desciende al abismo del sueño etílico. Despierta, la corona de espinas se aferra al cráneo por dentro. Resucitará de la resaca el domingo, sus judas y pedros de sangre lo habrán negado tres veces. Y ellos sí habrán consumado, desmintiendo el mito de “Quedarse Pegado”.

7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”


El caldito le devolvió el alma al cuerpo, cree en la presencia divina nuevamente, incluso predica la bondad, las sanas costumbres; doce de sus amigos de Facebook le darán “Like” a su epifanía y esparcirán la palabra. Su papá es un bacán y lo ha rescatado de algunas, pero hoy ni con su expresión de perrito de credencial le para bolas, no moleste. De arruinar las vacaciones borrando de su mamá la imagen de inocencia que lo acompañaba, de semejante despecho materno, no lo salvan ni Zeus, ni Odín, ni Bochica juntos, menos con el versículo apocalíptico bien diseñado por sus hermanos para preservar el pellejo. Justos por pecadores, como en épocas bíblicas, salieron airosos los bandidos y soportó los estigmas el justo.

Aun en su vacación, mire al que tiene a su lado; que le sirva de lección, pa’ que sea más avispado: “Quien se mete a redentor, sale crucificado”.

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Productor musical casero, aspirante a relator de historias y fundador de A.C.O.S.T.A.D.O. (Asociación Continental de Ociosos Sindicalizados, Trabajadores Abstinentes y Desempleados Orgullosos).

Son siempre bienvenidos sus acertados halagos, cuestionables sugerencias y despreciables críticas. ¡Ahí nos leemos!

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