El Vecino Amargoso y la Rebelión del Ruidoso

Nos jodió el nuevo Código de Policía. Si era un complique ofrecer una inocente rumbita de doscientos invitados en el complejo de mil apartamentos de treinta metros cuadrados, ¿qué vamos a hacer ahora?, ¿salir a la zona de jolgorio municipal a pagar diez veces lo que cuesta el petaco de cerveza en la licorera clandestina?, ¿exponernos a ser emburundangados por quinta vez por el par de piernonas sospechosas del bar de moda?, ¿dormir los tragos en una calle mugrosa en lugar de nuestro baño mugroso?


¿Emergencias?, ¡urgente, mi vecino se enfiestó!; ¡ah!, y mi pareja trata de asesinarme

Sucede tan seguido que se volvió costumbre, y como costumbre, terminamos aceptándola así nos parezca un exabrupto; me refiero a la faceta más reprobable de la condición humana, ultrajante como la violencia, incomprensible como la reducción de senos, desconcertante como el amor de lejos e inevitable como las promesas a final de año: el disgusto por la fiesta aledaña.

Parece haber una condición directamente proporcional a la distancia entre la vivienda propia y la playa más cercana (cerca al océano la gente tiende a ser parrandera; o sorda, qué sé yo), que obliga al habitante del domicilio contiguo a sentir desespero cuando alguien del barrio invita a sus amigos al rancho a departir en grupo la noche.

El gruñón muerde las cobijas con mandíbulas de caimán cada vez que la convención de desocupados grita “gol”, construye tapones de algodón para los oídos apenas se da cuenta que arrancó el karaoke, finge dormir mientras escucha los repetidos aullidos que indican algún éxito de catre, se queja del relato que acaba de ser premiado con carcajadas (“Otra vez el cuento del amigo borracho ese que entró engañado al cajero automático a aliviar la vejiga...”) y finalmente decide tomar cartas en el asunto porque “esa bulla no la aguanta nadie”.

Reacción del vecino ante “Me Bebí tu Recuerdo” versión karaoke.

Después de una trilogía inútil de golpes con la punta de la escoba en la pared juerguista, de una infructuosa llamada al vigilante de turno para que detenga la algarabía y de perder la paciencia esperando la opción correcta en el conmutador de la policía, el defenestrado social golpea con la palma de la mano abierta la puerta del bacanal, sediento de justicia. Entonces el espacio-tiempo se fractura y la realidad se ve sometida a las siguientes posibilidades:

Escenario 1

En este cuadro específico, la concurrencia, temerosa y sumisa, toma una de dos carreteras:

A.     Enviar a una de las escasas señoritas asistentes al frente de batalla (generalmente éstos ágapes constan de al menos once caballeros y por mucho un par de damas, una de ellas novia de alguno de los varones). La más agraciada, o sea la soltera, asume la responsabilidad de suavizar el terreno con diplomacia, buenos modales, sonrisa y coqueteo intrascendente (funciona si el reclamante pertenece al bando masculino o es una fémina con inclinaciones particulares).

B.     El cobarde dueño de casa pide excusas por su vergonzoso comportamiento, accede a bajar el volumen de ruido hasta los decibeles permitidos por la junta de copropietarios y promete solemnemente que es la última vez que un incidente de proporciones tan lamentables ocurre.

Argumentos coherentes para calmar al vecino intransigente.

Escenario 2

El valiente dueño de casa enfrenta al invasor amargado, y haciendo uso de una oratoria desconocida hasta entonces y de una claridad de conceptos magistral debida a la perfecta dosis de peyote de hace un rato, lo convence del derecho humano al esparcimiento, de lo corta que es la juventud y lo doloroso que es desperdiciarla (aunque la cuenta va casi en 40 primaveras).

Expone lo mucho que lo ha admirado en silencio, lo afortunado que se siente por encontrárselo todos los días en el ascensor –así no lo salude por reverencial respeto– y lo conmina a tomarse un aguardientico, que terminan siendo 17, cada uno de ellos suministrado impunemente por la dama soltera de portentoso escote, diálogo insinuante, inteligencia indiscutible y rostro de marfil esculpido por los ángeles (a partir del quinto trago, porque antes no superaba siquiera el umbral de su propia doña).

Antes de los aguardienticos / Después de los aguardienticos.

Escenario 3

El vecino enojado y el organizador de verbenas se trenzan en un debate verbal únicamente comparable en intensidad, calor y testarudez, con aquel sostenido hace siglos por Zeus y Poseidón, en el cual este último alegaba que no lo dejaran a cargo del Reino Oceánico, que no sabía nadar (“...pues le tocó aprender, mijo”).

Al ser quimérico un desempate debido a las posiciones radicales de los antagonistas y la negativa bipartita a ceder un milímetro en la negociación, se produce la consecuente participación de la fuerza pública para tratar de dirimir la disputa, que termina, como era razonable, en pena de calabozo para concurrencia y advenedizos (“Mejor no nos complicamos, todos para la patrulla, rapidito”).

La dignidad de ambos equipos quedará intacta, aunque la hoja de vida, mancillada. El rencor crecerá como fríjol de proyecto botánico escolar y las mañanas de ascensor serán tan tensas que el aire parecerá masticable. La soltera cordial no compartirá con la manada de ordinarios en un lapso de al menos cinco convites.

Amistoso intercambio entre copropietarios.

Epílogo

Por cuestiones de imparcialidad no pienso delatar mi simpatía por una u otra facción en contiendas similares, prefiero comenzar de inmediato la búsqueda de un nuevo refugio, el actual tengo que desalojarlo a la brevedad debido a un altercado acontecido en la madrugada del sábado anterior con el administrador del inmueble, mientras se llevaba a cabo una apacible reunión de mi club de etiqueta y protocolo.

Probablemente tenga que repetir mil veces dicho proceso, supongo que en alguna parte, reunidos por la gracia de la exclusión permanente, empujados por una pléyade de caseros con hipersensibilidad auditiva, existe un santuario en el cual los desplazados del guateque, los perseguidos del estruendo, los torpes de quietud imposible, podemos vivir en paz, es decir, sin paz.

Encontraré entonces una estupenda damisela que encenderá mis mañanas con su secador capilar de motor nuclear y acompañará mis noches en vela, aquellas en las cuales me veré obligado a golpear sediento de justicia varias veces con la palma de la mano abierta la puerta del vecino para decirle: “Don, me da vergüenza interrumpir de esta forma, pero su silencio no me deja dormir”.

El redil anhelado para el fiestero descontrolado.

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Productor musical casero, aspirante a relator de historias y fundador de A.C.O.S.T.A.D.O. (Asociación Continental de Ociosos Sindicalizados, Trabajadores Abstinentes y Desempleados Orgullosos).

Son siempre bienvenidos sus acertados halagos, cuestionables sugerencias y despreciables críticas. ¡Ahí nos leemos!

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