La felicidad sabe a salchichón

Que tire la primera piedra aquel que no deleitó el paladar con esa barra colorada de dudosa procedencia.


Para mí fue amor al primer mordisco, del mandado sobraban $50 pesos de aquella época:

– ¿Qué me da por esos cincuenta, vecino?

– Cinco mentas o ese pedacito de salchichón que queda ahí…

Las mentas ya las conocía y me sentía aventurero, me animé por el embutido, le quité la envoltura, lo asimilé de un bocado y mis papilas gustativas entraron en fiesta. No sé si era salchichón cervecero, sin embargo ese disparo a quemalengua fue mi primera sensación de borrachera.

Ni siquiera los teóricos más curtidos del mundo cárnico tienen certeza de dónde sale el salchichón. Sus fabricantes humanos son oscuros y huidizos. Los orígenes animales cubren una gran cantidad de posibilidades que van desde gallardas vacas de crianza hasta roedores malandrines, pasando por burritos despistados y criaturas domésticas que mejor no menciono para no herir susceptibilidades. Más de un greenpeacista vegano ya me debe estar declarando objetivo militar.

A mí me gusta más la leyenda que me formuló un abuelito para suavizar el asunto: “El salchichón proviene de una planta sagrada que se encuentra en la Sierra Nevada, mijo, los cultivos están custodiados por unos indígenas rubicundos y panzones que contratan a Papá Noel para que él distribuya su fruto a los tenderos de buen corazón.”. Eso explicaría por qué es tan barato y nunca falta en el colgandejo barrial, es el Padre Celestial dándole la estocada al perverso demonio del hambre, como una hostia, pero con sabor y textura.

El salchichón es, además, uno de los pocos elementos que une a las clases pudientes con las menos favorecidas, incluso me atrevo a afirmar que entre más barato es, de mejor calidad resulta, no conozco a nadie que prefiera el de marca fina promocionado por modelos peliteñidas al que se columpia en la puerta del minimercado, iluminando la cuadra con su resplandor rojo e impregnando el aire con tonos ahumados como de caldera de la Inquisición.

Recuerdo que minutos antes de arribar los invitados a una reunión de sociedad ofrecida por mis padres, sorprendimos a mi perrito Faustino encima de la mesa de banquetes dando buena cuenta del jamón serrano. Buscando pronto reemplazo encontramos abierta la tienda de doña Graciela. Las tres barras de embutido celestial que nos dispensó la señora fueron presentadas en rodajas como “Fiambres Curados de las Pampas Argentinas”. La aprobación gastronómica fue general y la nota jocosa estuvo a cargo de un trozo de esa gelatina blanca que va a veces incrustada y que explotó en los dientes del alcalde para dar justo en el escote de Pepita Concha de Sáenz.

Equilibra al rico y al pobre, al toro cebú con la zarigüeya, a oficinistas y jornaleros, a doña Graciela la de la tienda con Monsieur LeBeau el del delicatessen; deja que lo llamen salchichón, salame o pepperoni sin problema; acompaña con igual propiedad un pan aliñado o un chocorramo, una cerveza o una ponymalta, al maíz pira o a los cuadritos de mozzarella, a la esposa y a la amante.

El salchichón es la versatilidad, la justicia, el maná, la igualdad, la saciedad; va a custodiarle en las buenas y en las malas, es lo único que puede salvar al mundo de terminar de irse al carajo; el salchichón es la felicidad. La felicidad sabe a salchichón.


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