Todos Terminamos en el Terminal

Es probable que lo haga en esta Semana Santa, no lo va a poder evitar eternamente: tarde o temprano va a tener que tomar un bus intermunicipal para irse de vacaciones. Yo sé que tiene ciento cincuenta millones de millas aéreas acumuladas y siete carros con diferente número al final por si se generaliza el Pico y Placa, sin embargo le profetizo: sumercé va a llegar algún día al Terminal, se lo firmo sobre piedra o mármol, como los impuestos del presidente Nobel.


¿No quería caldo?, pues…

Rumbo al trabajo o a clases no hizo sino quejarse del tumulto: “No me aguanto más esta chichonera…”, “Todos los días este trancón tan hijuep*ta…”, “Apenas pueda me largo pa’l campo a respirar aire puro…”, “Tan caro el pasaje y cada vez peor el servicio…” ¿Y que hizo el Miércoles Santo apenas cumplió con sus deberes?: se fue para la casa, empacó la vida veraniega a la brava en dos maletas, arrió a su gente para que “!no nos agarre la noche, hombre!, y esperó una hora larguita hasta que apareció un taxi destartalado para llevarlo al Terminal.


El apretujón del trayecto en taxi no distó mucho del rutinario de la jornada laboral, el embotellamiento fue incluso mayor porque todos tuvieron la misma idea suya; mientras las viviendas de la ciudad se desocupan por los miles de escapistas vacacionales, las calles se atestan, el embudo de llegada al despacho de transporte terrestre se hace más denso y el anhelo de esparcimiento se antoja entonces como una utopía.


Pero todos los años pasa lo mismo y uno no aprende, como no aprende que la borrachera da guayabo y que no existe tal cosa como “una cervecita nada más”.

Terminópolis

Un Terminal de Transportes en un municipio en miniatura, o más bien un balneario de esos de población flotante. Tiene sus habituales, sus comerciantes, sus autoridades, sus malandrines, sus protectores, y todos persiguen lo mismo: sacarle toda la plata que puedan.


Apenas ve la fila tan impresionante para largarse a cualquier destino, un estrés muy de archivista de oficina se apodera de usted, maldice no haber preparado con antelación el viaje, y se promete y promete a los suyos que “la próxima vez no dejamos todo pa’ última hora. Lo miran con reproche, compasión e incredulidad.


Tres horas y media después llega a la ventanilla, la felicidad lo embarga y percibe en los demás una expresión de alivio.

 

– ¿Cien mil pesos cada uno?, ¡pero si ese pueblo queda allí no más!, ¿y me va a cobrar igual por el niño?, ¡apenas tiene diecisiete añitos, la mamá lo puede llevar sentado en las piernas!

– Es que desde Leticia les toca pagar hasta Riohacha porque no vendemos tiquetes a paradas intermedias. Y les toca esperar dos turnos de bus, hay mucho pedido, les vendo para salir a las tres de la mañana, pueden acceder a nuestra sala viaipí.


No queda más remedio que sacar el dinero con resignación, despedirse del conjunto vallenato que pensaba contratar la noche de llegada para acompañar sus roncitos, dormir la siesta recostado en el equipaje y seguir viendo como se le derrumba el presupuesto: la espera larga va acompañada de pastillas para el malestar, gaseosas, la omnipresencia de Dunkin’ Donuts, entradas al baño con costo de entradas a cine, minutos a celular  y esos buñuelos tristes trasnochados de vitrina. Todo mucho más caro que el mundo exterior, haga de cuenta Emiratos Árabes, así son los precios en el sistema económico de Terminópolis.

¡Nos Juimos!

 

El momento de la dicha está a la vista, el vehículo que lo conducirá al destino tropical se acerca raudo, “¡Sí, ese es, el 2455!” Hay lágrimas de felicidad justificadas, se merece ese descanso; pero recuerde, no ha salido aún del Terminal. Mientras se llena el bus, y durante largo trecho, se verá obligado a padecer las anécdotas, particularidades y desventuras de los demás viajeros alrededor:

 

·         Una pareja autóctona entrada en años con varios bultos y un guacal sonoro misterioso, que bien podría contener una gallina o un perrito. Nunca se sabrá.

·         Una familia glotona con un piquete grasoso que pasa de mano en mano por varias sillas.

·         Un grupo de amigos escandalosos con provisiones considerables de aguardiente que piden cambio de canción y brindan tragos a diestra y siniestra.

·         Un estudiante universitario pródigo que vuelve al terruño y se queja del grupo anterior en voz baja con argumentos progresistas y castrumpchavistas.

·         Una pareja de novios que se besuquean obscenamente y se cubren con una manta delgada que no oculta el manoseo ni las convulsiones pélvicas.

·         Un señor que no sabía que debía comprar el tiquete antes y se niega a abandonar el transporte.

·         Una señora auto-declarada enferma que cuenta a voz en grito sus maluqueras y pide consejos médicos a los vecinos de puesto.

·         Un pasajero con ínfulas que llama repetidamente por celular y pregona que “me tocó en flota porque se averió mi auto, y no encontré vuelos a Melgar.”

·         Un conductor que chatea, habla por celular y juega PlayStation mientras maneja temerario por una carretera atestada de curvas cerradas y abismos.

·         Un ayudante de conductor que deja el diminuto baño del bus en estado de alerta biológica. 

Epitafio

Escribí el presente artículo en el Módulo Amarillo del Terminal de Bogotá. La fila para viajar a Fusagasugá abarca varias cuadras y se mezcla con la de la entrada para ver a Justin Bieber. Dame Señor el descanso eterno, brille en Terminópolis la luz perpétua.

 

 

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Productor musical casero, aspirante a relator de historias y fundador de A.C.O.S.T.A.D.O. (Asociación Continental de Ociosos Sindicalizados, Trabajadores Abstinentes y Desempleados Orgullosos).

Son siempre bienvenidos sus acertados halagos, cuestionables sugerencias y despreciables críticas. ¡Ahí nos leemos!

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